sábado, 4 de agosto de 2012


Otaku en estas tierras


No es la primera, y no creo que sea la última  vez, que alguien recurra a mí o alguno de mis allegados
para quitarse la duda o hacer investigaciones del término “otaku”.  Supongo que hasta el colegio no
pasaba más de un ente-alumno-compañero-de-aula que disfrutaba de dibujitos animados asiáticos;
que tenía mal gusto para vestir; o que hasta la fecha seguía usando  los juguetes que habíamos dejado en el jardín.
Yo que sé, esas cosas escapaban de mis intereses, quizás hasta que la pubertad me llegó   y me ganaron
más las ganas de llevar a alguien de la mano. Pero digamos que gran parte de mi vida, si no ha sido casi
toda, ha estado rodeada de caricaturas, programas de televisión y cosas orientales. Novelas gráficas, amm
no mucho, ese vicio lo fortalecí mas en otras tierras, la misma corriente te empuja a hacer esas cosas.

Bueno no es hora ni motivo para cruzar el charco, sigamos en este hermoso pedacito de tierra que me acoge.
Acá las cosas van variando, pero no tanto, siempre es el mismo matiz, la misma criollada, la misma huevada.
Cuando iba a la escuela las cosas eran difíciles, un buen  disco no bajaba de los diez soles, una millonada para
los vacíos bolsillos de un personaje sin trabajo fijo.  Las cabinas de internet pasaron a ser realmente mi segundo
hogar, por un sol la hora podía disfrutar de muchas cosas, unas buenas y otras no. Arenales era mi point, el colegio
el punto de reunión y la avenida Arequipa el camino de ladrillo  amarillo. Mi almuerzo variaba de una galleta a quizás
un buen sanguche de pechuga de pollo o un cuarto de pollo a la brasa  o  mi inolvidable chifa, chifa de todos los sábados
con su sopa de agua sucia que hasta ahora no me cansa ni me harta.   Los sábados, aparte de la hora de salida, eran días
casi rutinarios, solo que no. Al colegio, a la Arequipa y a Arenales,  a la Sugoi o al Ichiban, a ver con qué nos pensaban estafar
esta vez, que había de bueno, cuál era la novedad de la  que tanto hablaban en el foro. Qué cachivache compraré hoy, serán
figuritas impresas en papel couché, o tarjetitas con monigotes que algún “chinito” entiende por palabras, oh mira tú! Han
traido cositas importadas del Japón! Los collares del personaje de moda, yo siempre quise mi collar de semillas  como el que usaba
Yoh Asakura,  ahora que me hago llamar “cosplayer” me haré yo misma mi collar, para darle más valor sentimental. Subir y bajar
Todos los pisos de arenales, sin importarme un caracho   el elevador, que para mí  en esa época siempre estuvo malogrado, solo que no.

La ropa era muy básica, jean y polera negra, para qué más, el país es demasiado conservador como para andar usando telas llamativas
o tutus de bailarina de ballet, las curvas me delatan y no me dan la imagen andrógina que necesito para encajar en el estereotipo de
asiática, asi que ni modo, a esconderme entre tanta tela de circo, pero esta bien, es práctico, las zapatillas , da igual, el cabello recogido en moño
las gafas y la armadura a la espalda, la mochila de agujero negro, donde llevas las hojas bond y el lápiz para dibujar cojudecitas, o lo
primero que se te ocurra agregarle a tu personaje para hacerlo más nice.

Después llego el internet a la casa y siguió siendo la misma huevada,  más perdida de tiempo y esas cosas, los animes eran cosa de todo el dia, pegada a
La pantalla, sea bueno o sea malo.

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